Necesitamos Una Reforma Urgente En Nuestras Congregaciones

25.08.2011 11:53

HACE FALTA UNA REFORMA EN NUESTROS SERVICIOS ECLESIÁSTICOS

POR: PASTOR DANTE GÉBEL

 

Hace poco, lleve a un famoso productor de espectáculos a un servicio cristiano. Él nunca había visitado una iglesia. Se dedica a montar y hacer la puesta en escena de grandes obras de teatro en Broadway y en las capitales más importantes del mundo. Su concepto del show es potencialmente elevado. Nos conocimos en nuestro más reciente proyecto Evangelístico, logramos cierta amistad, y aceptó mi cordial invitación a un servicio dominical.

 

Media hora después de lo anunciado, dio inicio la reunión. Alguien probó los micrófonos una y otra vez, mientras los músicos improvisan y afinan los instrumentos frenéticamente. El baterista parecía quitarse los nervios de una mala semana encima de su instrumento, antes de comenzar la primera canción. Finalmente un joven nos invitó a ponernos de pie y comenzó la alabanza. La primera canción duró unos doce o catorce minutos, la repetimos una y otra vez, primero las mujeres, luego los hombres, todos juntos, a capella, con palmas, sin palmas, todos juntos otra vez.

 

Mi amigo estaba serio. El muchacho que dirigía el servicio nos pidió que abrazáramos a dos o tres personas y le dijéramos algo como: “Prepárate para la unción que vendrá esta noche sobre ti y te dejará lleno de gozo”. Mi amigo estaba más serio aún.

 

Otra canción. Ninguno de los músicos sonreía, más bien parecía que estaban en trance o, en el peor de los casos, pensando en otra cosa.

Pasó otra persona y nos volvió a pedir que le dijéramos algo al que estaba a nuestro lado y a dos o tres personas alrededor. Luego pidió un aplauso. El tecladista no entendió la señal del cantante y entonces pidió otro aplauso que le daría el tiempo para explicarle la señal al músico.

 

Mi amigo me dijo al oído que se retiraba.

 

Mientras se abría paso a la salida, oía con asombro, que el joven anfitrión les volvía a pedir que le dijeran algo al de al lado y luego tendrían que saltar y dar unos gritos de guerra.

 

En nuestra cultura, ese era un gran servicio de alabanza digno de recordar. Para quien acababa de ingresar a la iglesia por primera vez , era un enorme grupo de improvisados sin creatividad ni sentido común.

 

Como es muy educado, trató de disculparse, pero me interesé en su punto de vista. Reconozco que pude haber tomado el atajo religioso. Pude haberle dicho que él “no entendía las cosas del Espíritu” y también pude haberme convencido de que “no resistió la gloria y la unción”. Pero preferí ponerme en su vereda y tratar de oírlo. Quizás podría aprender algo.

 

“Me sorprende”, dijo, “que no haya nada preparado, ensayado, principalmente si es para Dios, como dicen. Por otra parte, cuando contrato músicos, tienen la obligación, por el contrato, de sonreír mientras actúan. Ellos… solo tocaban. Además –agregó- los vi desconcertado, sin ideas de cómo seguir.

 

Me quedé en silencio y ensayé alguna explicación. Pero me percaté de que hacía falta una reforma. Un cambio drástico y radical de nuestros dogmas y costumbres.

 

Si una película se extiende más de dos horas, sentimos que se nos embota el cerebro, lo mismo pasa si un espectáculo va más allá de la hora y media. Pero somos capaces de tener cinco o seis horas de servicio.

 

No tenemos creatividad, escasea el sentido común. Programamos servicios y congregarnos para nosotros, pero espantamos al inconverso. Realizamos eventos dirigidos a quienes se supone que entienden lo que quisimos hacer, pero olvidamos al que no nos conoce ni comprende lo que queremos hacer o decir.

 

Disfrutamos junto a nuestros hijos de los efectos especiales de Hollywood, pero consideramos que los jóvenes inconversos vendrán corriendo a nuestros servicios solo porque hoy estrenamos dos coros nuevos.

 

Quedamos boquiabiertos ante la elocuencia de un político, pero predicamos un sermón extraído de un libro de mensajes de hace cien años atrás.

 

Nos quejamos si pagamos una entrada para el cine y la película comienza diez minutos tardes, pero somos capaces de anunciar un servicio a las siete y lo comenzamos cuando creemos que ya está viniendo la gente.

 

Seriamos capaces de abuchear a Luciano Pavarotti si desafina en su opera prima, pero aplaudimos al líder de alabanzas que “desafina para la gloria de Dios”.

 

Pediríamos que nos devolvieran el dinero de la entrada si el comediante olvidara la letra e intentara llenar sus baches mentales diciendo: “salude al espectador que se sentó a su lado y dígale: Qué lindo es venir a ver a este comediante lleno de humor”, pero somos capaces de hacerlo durante horas enteras, si es para el Señor.

 

No estoy en contra de los saludos o la alabanza o los gritos de júbilos, solo que no tenemos una cultura que impacte a los que no conocen a Dios. Nosotros lo comprendemos, el de afuera apenas lo soporta.

 

Extracto de su libro “El Código del Campeón”2011-06-02-dante-gebel.jpg (15,6 kB)